dimecres, 6 de març del 2013

EL COMIENZO DE LA IMAGINAZIÓN


Bruna despertó sobresaltada y recordó que iba a morir. Estaba es su casa, tumbada en la cama, como cada mañana. Eran las ocho de la mañana, y el despertador sonó avisándola que tenía que ir a trabajar. Se vistió, desayunó y fue al baño para lavarse los dientes y cepillarse el pelo. Preparó la bolsa. No quería ni pensar que hoy era su día, su último día. El último día de trabajo, el último día con sus amigos, el último día con su familia, el último día de su todo.
Subió al coche, encendió la radio, colocó el retrovisor y seguidamente dejó su casa atrás. Cuando llegó a su destino, abrió la puerta, se sentó en su pequeño espacio de trabajo y cumplió con todas sus horas de faena.
Después de comer unas patatas bravas y unas alitas de pollo, se decidió a llamar a sus amigos y a su familia para contarles lo que le iba a suceder. Al encontrarse con ellos, observando sus caras de felicidad, esas caras jóvenes, llenas de vida y todas esas ganas de vivir, no pudo. No pudo hacerlo y no lo hizo. Al caer la noche regresó a su casa preparada para lo que se le echaba encima. Pensó, recapacitó y se dio cuenta que había sido lo mejor. Puede que ellos se lo tomaran cómo algo egoísta, pero con tiempo, con el paso del tiempo y la madurez de la vida, iban a comprender que sí que era más sano que se callara y afrontara la situación sola. Al fin y al cabo, era ella quien iba a morir y no tenía miedo. Se fue a su casa, se estiró en la cama y se le vino a la cabeza lo de meses atrás, le encontraron un tumor en el cerebro, que era incurable y le dieron unas semanas de vida. En ese mismo momento se le cayó el alma a los pies, pero después pensó, en lo que había dicho a si misma, que iba a aprovechar cada minuto que le quedaba de vida. Se acomodó en la cama, cerró los ojos y se durmió.

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